Reflexiones Sobre el Asunto Poético – Rodolfo Hinostroza


Responder a un cuestionario: esto se centra perfectamente dentro de las intenciones del antologista, pero creo que en algunos casos –el mío– tiende a inhibir la expresión de un pensamiento y una experiencia. De modo que me limitaré a reflexionar, divagar, recordar, prometer, prometerme, sin la intención de hacer una exposición ordenada de los hechos. “Díselo así, con todos los acontecimientos grandes y pequeños, que me han impulsado…” Hamlet, esc. V, act. II.
Año: 1960. pileta de San Marcos. Parece que yo acusaba a los jóvenes de mezclar un poco de Lorca, otro poco de Vallejo, y otro de Neruda, para hacer su poesía social. La popularidad de Calvo me parece fácil, la emulación por parte de Razzeto, y Corcuera, me parece provinciana. En mi grupo de amigos hablo de “trabajar en la oscuridad”. Redescubro a Joyce y a Perse. Estudio exhaustivamente al primero, me empapo con el asunto de “Integritas, consonantia, claritas”, y de la férrea vocación, solo comparable a la de un monje. Adolescencia: leo el Retrato del Artista. Adolescencia: repito las frases mágicas “Vivir, errar, caer, triunfar, volver a crear la vida con materia de vida…” En San Marcos se nos acusa vagos, de viciosos, de cualquier cosa: situación y función del escritor. En el mejor de los casos somos sospechosos. Todos tenemos el corazón a la izquierda, algunos el cuerpo entero, y otros únicamente la cabeza. Adolescencia: los estruendosos amores y los largos poemas-cartas, de carácter experimental, no obstante. El proyecto “Canto a Cuba” con olores Saint-John Perse, que nunca se escribió. Y las arduas polémicas con los social-realistas. Sospechoso de rebeldía. En la absurda polémica poetas puros-poetas sociales, opto por una tercera posición en la negatividad. Otros son los que pagan: Javier Heraud encuentra que el fondo de la polémica es verbo-acción, asunto fáustico, y reniega de la palabra y muere en la acción. Los abanderados de la polémica, los burlones y acusadores social-realistas, no pagan nada, huyen o vociferan, y luego callan prudentemente. Algo que valga la pena de aquella época? Tal vez el retumbante Túpac Amaru, de Romualdo, y el canto a Walt Whitman, de Rose.
De todos modos, nadie sabe nada, nadie tiene una estética: hay la escuela Rose, la escuela Romualdo, la escuela Sologuren y la Delgado. Yo camino con Ulises bajo brazo. ¿Alguien ha leído Ulises? “Sí, algunas partes…” “Sí, vagamente”. “Joyce era un jesuita reaccionario…” Leo poemas de Perse, y al llegar a un verso: “Así marcha el mundo y solo hallo alabanza en ello…” un joven poeta me interrumpe para decirme que Perse es conformista y que alaba el orden establecido. Corona la frase llamándolo reaccionario.
Hay una casa en la Bajada de Baños de Barranco que llaman “Casa de la poesía”, y que otros, discípulos de Romualdo, quieren llamar “La Torre de los Alucinados”; pero casi nadie lee a Lautremont, ni a Rimbaud, ni a Michaux. El nombre es encantador, eso es todo. En otros grupos, lejanos, míticos, católicos –o de la Católica, parece ser lo mismo– hay gente que lee y escribe.
“Amo cierta sombra y cierta luz que muy juntas, creo yo,
azulan las casas profundas de los muertos…”
Esto es de Eielson. Buena poesía. ¿Y Eielson? Dicen que se fue a Europa. Él y Westphalen, residente en Estados Unidos son lo que encontramos mejor en la generación de los surrealistas. Y Martín Adán, loado y detractado. Y luego nos enteramos que hubo otro furibundo antilimeño que escribía en francés: César Moro, presente en algunas antologías surrealistas. Esa es nuestra tradición literaria. Estas, nuestras escuelas. Vallejo no es un escritor, ni un hombre, ni nada aproximado: es un mito. No hay que decir “No me gusta Masa”, o “Los Heraldos Negros es insuficiente”, o “El hombre no tenía que morirse de hambre”. Es Tótem y Tabú.
Nosotros no tenemos que ver nada con la guerra civil española, ni en el tiempo, ni en el espacio. Pero se nos entusiasma con las cancioncitas y el millón de muertos:
“Aunque retiren el puente y también la pasarela
nos verán cruzar el Ebro en barquito de vela…”
Y hay que decir que Miguel Hernández era un gran poeta, y qué lastima de Lorca, y el gordo Guillén, y Pablo Neruda, lástima que fuera diplomático. Cosas, voces que ya nada nos dicen, que pertenecen a otras conciencias, otros recuerdos. Lo nuestro es diferente, decimos. ¿Pero qué es diferente? ¿Acaso no tenemos ideales revolucionarios? ¿Acaso no somos marxistas convencidos? ¿Acaso no escribimos para el pueblo?
“Al paredón, al paredón las penas,
al paredón el padre del cordero…
Mi propia poesía al paredón
si no quiere cantar lo que le digo…”
recitaba Rose.
Ovación en el Salón General de San Marcos. Y los poetas sociales crecían, en hombros del partido, en hombros de la Revolución Cubana. Pero pasó el tiempo, mataron a Heraud, las guerrillas fueron destruidas y los poetas tuvieron que conformarse con ser juzgados por su obra escrita. Un enrome naufragio, quiero decir. De nada valen los hombros del partido cuando sustentan a mediocres poetas. De nada vale ser poeta oficial cuando las historias literarias sólo se contentan con la obra. Ellos no quisieron emular –si puede así decirse– a Dante Alhigieri, sino a Miguel Hernández, varón inculto y patriota que cantaba en las trincheras. Y de todo esto no ha quedado nada. sí, la “Época exigía…”. ¿Pero sabían ellos cuáles eran las exigencias de la época, de nuestra época, no de la suya? ¿Habían estudiado, indagado profundamente, con lucidez y pasión, sin prejuicios y con solidez, eso que la época exigía? ¿No quisieron detener la historia en 1936, no quisieron continuar una tradición que dependió de un momento de urgencia, no pensaron en la Madre Patria?
Una hermosa confusión que se prolonga. Alguien escribirá alguna vez: “Portrait of the Artist as a Young Latin-american”. Y es verdad. Aquí tanta gente se sintió culpable de escribir, luego de la muerte de Heraud! Y ya ni hablar de interesarse en la técnica poética. Y no hablar ya de “Jóvenes Poetas”, porque jóvenes no somos, y no cederemos un palmo a los Poetas Mayores, los cuales generalmente de mayores sólo tiene la edad.
En otras palabras: heredamos una confusión que viene desde la Colonia, creo yo, y de la cual los diversos grupos de escritores y artistas han sido, cuando más intermediarios, y algunas veces, impulsores.
“¡Llanuras! ¡Pendientes! ¡Allí había más orden! Y no había más que reinos y confines de luces, y la sombra y la luz estaban más cerca de ser una misma cosa…”
lo cual no es equivalente a la oscuridad en que nos movemos. Los críticos, como gallinazos, se nutren de cadáveres, o de obras fiambres. Y dicen casi las mismas cosas de obras ostensiblemente mediocres que de obras más o menos representativas, lo cual los desautoriza moral y profesionalmente. Sólo se ensañan con obras definitivamente malas, a las cuales nadie se atreverá a defender.
Función del escritor: sospechoso. Situación del escritor: una cierta ambigüedad. Es una actitud esencialmente defensiva.
“Canta, musa la cólera…”
la cólera y la impotencia. ¿Quién nos lee? ¿Quién nos edita? ¿Cuánto pierde cada poeta en su publicación? Yo, algo así como seis mil soles: es decir, pago al público para que me lea. Luego me acusan de “hermético” o algo así. Poesía impopular, lo cual es un pleonasmo.
Encontráis mis palabras oscuras? La oscuridad está en vuestras almas. No hay que engañarnos, amado Perú: tus lectores están a nivel de Reader’s Digest, y sólo tendrán éxito quien escriba poesía pre-masticada. Nada de innovaciones técnicas. Nada de rigor. La poesía ha de ser limpia y transparente como el agua. Y el poeta que se respete, deberá escribir por inspiración, según la mejor tradición romántica.
La Habana, 1963. yo contra el social realismo, otra vez. De nada parece servir Pater, ni Aristóteles, ni Santo Tomás, ni Joyce, ni Kierkegaard. Problema latinoamericano: si tienes fuerte vocación y alguna cultura, automáticamente perteneces a la minoría. No es cuestión de lamentarse de que el gran público –que casi no existe– no te lea. 1964: se publica “La Noche” en la revista Casa de las Américas. Polvadera. Es obvio, yo lo sabía. Me acusan de cualquier cosa otra vez, particularmente de inmoral. No es cuestión de defenderse. Nunca es cuestión de defenderse en este asunto literario. Los hombres de buena voluntad suelen retrasar el avance de la cultura. Parece que hay algo en sus estructuras óseas.
Se habla de “Generación”, y más aún, se nos pone un número: 60. pero nadie se ha puesto a buscar lo que es afín a este grupo heterogéneo de escritores. ¿Mi opinión? Nada. en principio, hablar de “Generación” huele a Ortega y Gasset, a 98 y 27 en España. De ahí que alguien coligió que debía de haber una generación del 60. falso. Pura habladuría. Los críticos necesitan un esquema para sus historias literarias, y despachan el asunto inventando términos. Yo sólo me siento capaz de hablar de grupos. En esta antología parecen varias personas que, más que estar de acuerdo en algo, están de acuerdo contra algo. Y no son –somos– la mayoría, ni aún lo que se llama “representativo”. Parece que varias búsquedas solitarias han coincidido en algo, aun cuando este algo sea negativo. Es un hecho: podemos hablar entre nosotros, y con frecuencia nos entendemos! Esto sí es importante.
Aparte de nosotros, hay otros grupos, naturalmente. De estos no respondo (en verdad sólo respondo por mí.) Y anoto un error óptico: Calvo, Naranjo y Corcuera parecían ser los primeros de los jóvenes, y resultaron ser los últimos de los viejos.
Escribir, escribir, divagar, creer que se ha cogido algo en la telaraña, y sólo es un poco de viento. Revuelvo mis papeles y encuentro notas, fragmentos; cosas para mi consumo que tal vez algún día utilizaré: “Insisto: no se puede hacer un poema con temas cuasi ilimitados, o estructura cuasi ilimitada. La acumulación de contrapunto temático conduce al caos. En Consejero… yo traté de centrar una experiencia dentro de los marcos de lo social, en cuanto involucraba una guerra total. Así, la angustia colectiva vivida, y la angustia personal encajaban en un todo armónico. O sea que el núcleo del libro nunca fue intelectual (No hay núcleo intelectual) como decían los advenedizos, sino que se basaba en una experiencia-clave. O sea, el bloqueo americano a Cuba, los días de octubre y la cohetería, y la amenaza de la guerra. O sea que al hablar de todo lo que rodeaba esta experiencia, no me sentí hacerlo meramente a título personal, sino en tanto que raza humana. Igor Caruso acierta: “Hay una dialéctica viva que hace que, al hablar de un hombre, se hable de los hombres”. En otro papel encuentro: “habría un movimiento de pinzas: primero cerradas sobre el modernismo, luego abiertas al surrealismo, luego otra vez cerradas sobre la problemática local, y luego, con nosotros, una toma de conciencia donde lo local y lo general tiende a sintetizarse. Una cuasi tríada dialéctica César Moro–Romualdo–Cisneros, por ejemplo. El asunto era “situarse a nivel” con las técnicas del siglo, abarcando además la problemática local, y además haciéndose accesible al público lector. Casi nada, es decir”. Fragmentos de algo, pedazos de pensamiento a veces arbitrario –muchas veces, en verdad–, y este problemático orgullo de sentirse latinoamericano.
“Es muy distinto un desnudo griego que un peruano calato” es lo que se dice. Si, por ejemplo, me apoyo en el Puente de Piedra, miro largamente el Río Rímac, y medito sobre el tiempo, y Heráclito, y vanitas vanitatum, esto es “un peruano calato”. Pero si Eliot mira fluir el Támesis, o contempla las Dry Salvages, e igualmente medita, esto es “un denudo griego”. Y no se trata de comparar calidades, sino de comparar las reacciones del peruano promedio “leído”, ante sus escritores que se atreven a hablar de cosas llamadas “universales”. Supongo que ante cosas como estas hay quienes huyen de sus país –Eliot, Joyce, Pound– o se exilian en el fondo de una biblioteca, o un barrio lejos del mundo –Borges, Lezama Lima–. Y esto es comprensible.
¿Quién era el que decía: “lo inexpresable no existe”? Evidentemente no era Byron, ni Bousoño. Flaubert acuñó esta frase, que fue recogida por Joyce y transformada en credo o bandera, por los que trataban de perfeccionar los medios expresivos, a fin de incorporar más zonas de la realidad. Esos eran los monjes de la literatura; monjes bastante raros, en verdad, con una capacidad de trabajo y pasión que excedía el límite de lo normal. Los “Monks” de la literatura son bastante distintos a los “Monkeys”, aunque las palabras se parezcan. Y no es suficiente sufrir como Vallejo para escribir como Vallejo. Y no basta que estos críticos te alaben para escribir decentemente. Y en verdad, nada basta: nadie es poeta de una vez por todas, y la fábula de Midas es un cuento para niños o idiotas, y el único consejo que resultó valioso fue el que nos indujo a trabajar incesantemente. Lo demás es escoria. “The rest is dross”, como dice Pound.

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