Poesía hondureña: SAMUEL TRIGUEROS

200px-Samuel_Trigueros_(Fotografiado_por_Fabricio_Estrada)

CETRERÍA

Cruza la nube. Cruza el ave. Toca su sombra el cuerpo abajo.
Cruza la sombra de la pluma en la existencia demediada.
Carne abajo en la sombra.
Arriba
el vapor tenue de los años.
Empuja el viento la tarde por un acantilado.
En el fondo la música. Su negra espuma. Mirtos
por el rocío de los sueños doblegados, ayunos de futuro,
saben de la esperanza sin presupuestos asignados.
El corazón suma su terquedad a lo excavado, rebate
la profundidad del hurto. La hediondez de la miseria
tiene la misma estructura del perfume. A los dos
alegoriza en fuego el poema que cubre los cadáveres.
Un cernícalo entra como un rayo. Penetra a diario
en su jardín de sangre. Hay música
en las nubes sin embargo. Hay un propósito
en los giros de la pluma o la navaja.
Contrapicado blanco.
La carne es música podrida en el pasado.
Aloja el cráneo lo amargo inevitable.
Hay tiempo. Pasan por alto los corceles
de vapor electrizado. Islas de sombra
flotan en el aire. Vertiginosas muertes emplumadas.
Hay un proyecto de verdad en la ascensión de los geranios.
Sin embargo, pierde aves la sombra abolida en las terrazas.
El sol contempla la masacre.
El corazón insiste y se hincha de esperanza. Falta
la concesión del aire para apagar los rayos, para volver
las gotas del jardín vaporizadas.
La epifanía es el aroma de un instante.
Después ingresa en catafalco la carroña
y el fisco hace su jugada.
El sándalo de la mirada cae
en la geometría muerta de su sombra.
Y voy soñando una música,
una estructura que no acabe
bajo la sombra herida de los cielos,
al borde pasajero de la sangre.
(Del libro “Antes de la explosión”)
MÁS LEJOS
Decir decir decirlo todo
en partes
en pequeños bloques
en largas tiradas de tinta o de sonidos
lanzar un tenso cable hacia la nada
o hacia las esferas
pedirle a Withman prestada
esa araña que lanza filamento
para envolver al mundo al menos los pesares
en sedosos verbos
en el capullo de los párrafos
decirlo todo a plena voz
sin atender los vetos
los decretos
la coartada
la mordaza
sacarlo todo desde el fondo del magma
hasta la superficie y más
más lejos de la piel rosada de los labios
de la testa
hacia el aire activo que camufla bestias
transparentes muros
cianóticas miradas del cíclope
no claudicar
armar por dentro un cubo
una esfera
una pirámide llena de significados
apuntando hacia el vacío externo
puesto que adentro sólo
al menos solo
hay un cadáver soñando con la vida
hay sombras caninas de azafrán o copal
esencias indistintas elevadas en penachos de humo
en grandes frases
o en minúsculas aparentemente grandes frases
en espejismos bondadosos para expulsar la realidad
de la realidad
en fin
preconizar
alzar un credo un nicho un altar
unas hermosas nubes radiadas
y en medio la gran palabra
METALENGUAJE
para burlarse
para hacerlos volar con sólo la nostalgia del metano
horadar los cráneos y los pechos
hacer girar el barreno de silencio
entrar en la materia bofa a colocar un gran cartucho
una candela de palabras sin prestigio
romas
de tanto ir y venir de boca en boca
sin las aristas asesinas de otras
         las de ellos
para encender la mecha hasta decirlo todo
en partes o en pequeños bloques
mejor en grandes explosiones
cuyo origen es apenas
una historia sencilla
personal
que indescriptiblemente
toca las esferas.
(Del libro “Antes de la explosión”)
ANTES DE LA EXPLOSIÓN
He pensado en la excitación del gas,
he imaginado los lentos remolinos que se hinchan en secreto
antes de la explosión.
He visto el instantáneo girar inútil de cabezas,
la onda expansiva y su bofetada de vidrio,
los cuerpos partidos, desmembrados
sin instrumento,
sólo por el cálido aire convertido en arma;
y he pensado
en la transparencia de la vida y de la muerte,
en la frágil condición de fiera que tiene la existencia
y en la dificultad de atraparla en la redoma transitoria de la piel
llena de inestable sangre,
colmada de horas y de días confabulados en la terrible
manifestación de lo que fue y no vuelve.
Entonces,
otra vez, he vuelto a recordar a Fulton,
a Conrad y Zósimo Zara dormidos en la colina;
y he pensado que un cementerio burgués
es igual a un vertedero en la retina de los pobres;
y que el jardín del pobre es lo mismo que un basurero
en la ceguera de los potentados.
He llevado a la colina una corona
hecha con el perfume con que la belleza
hiere, mortal, la iniquidad;
y he pregonado que muerta la injusticia
se acaba la necesidad.
El gas gira y se expande.
El gas tiene la misma seducción del abismo,
el mismo extraño magnetismo que luego,
convertido en noticia,
publica los restos de la vida,
la increíble constatación de la eternidad
reducida a unos cuantos trozos amoratados
esparcidos
para la fría pupila del forense.
El gas tiene la elocuencia de un dios tranquilo
En cuyo seno descansa el estro de la sombra y del subsuelo.
Antes de la explosión
canta una vieja canción de cuna
y cuenta los pesares en la pesadilla del pobre
y dice que aún
el que tiene sus dedos cuajados de oro
alguna vez escarba en su nariz y encuentra
primicias del sepulcro entre las heces del llanto.
Así
he aprendido a diafanizar mi pecho,
aceptando la suma de todos los errores,
soportando el destello brutal de las virtudes.
He compartido el pan soso del humillado
y he bebido
el vino amargo de la desesperación.
Alguien que supo mis carencias
perdió su alma al confundirlas con miseria.
Entre la inmensa turba enemiga
mantengo a salvo mi cáliz compartido
y en secreto me nombro sobreviviente de mí mismo.
He domesticado la poderosa seducción
de llaves y conjuros;
y me he quedado quieto adentro de mí mismo
cuando la desconfianza arrecia y arde mi corazón
como un auto desmantelado en medio de la noche.
Ahora, dentro de poco, han de arrebatarme
los mismos corceles de gas mortal que se llevaron a Elías
y vivieron sus últimos momentos
entre flores silvestres
en un campo baldío de suburbio.
La distensión de su carne y el resplandor de sus huesos
hicieron germinar el pasto de la humildad.
Y voy tranquilo, pues he visto al amor
hacer castillos en el aire negro del consuelo,
bajo el palio
de las constelaciones impasibles.
(Del libro “Antes de la explosión”)
DESEO
Quiero vadear la luz
su lengua inmensa y destructiva
quiero evadir sus filos
de moldeada trementina
quiero dormirme
o despertar
en la otra orilla
en la ribera lenta de la duda.
(Del libro “Animal de ritos”)
PIGS
“He visto amigos que Circe volvió cerdos. Su rueda, su diamante.
Los cerdos no saben mis abrigos, mercenarios de las sombras”
Edilberto Cardona Bulnes
He degollado cerdos, pero Circe insiste en multiplicarlos. Ellos eran los mercenarios de la educación, los mercenarios del arte, los mercenarios de las relaciones públicas, los mercenarios de la publicidad y del mercado; ellos eran los mercenarios de la poesía: hacían tornillos, amistades, versos; se ponían trajes y aretes, asistían al gimnasio de la conveniencia, pesaban clavos y cemento en la balanza chueca de la voracidad; dejaban tras de sí un perfume exquisito bajo cuya alfombra yacían los cadáveres. He degollado cerdos que Circe resucita y los emplea en la administración de los nuevos paraísos artificiales, en la distribución de  miasma. Collares de ajo dio Circe al empleado del mes, palmaditas en el ego, interminables fricciones en la comisura del glande por donde un líquido salía y quemaba el orbe. Oigo las gárgaras de mis cerdos degollados, continuamente suturados, sanados con emplastos de hipocresía, con bálsamos de lujuria destilados de la bombilla roja. Eran, medianamente, revolucionarios: tenían, todos, camisetas rojas, volúmenes incunables de El Capital; todos se habían tragado las ochenta y siete horas de “The cure of  insomnia” y en sus cabezas brillaba la mitra del mercado. A veces –sobre todo contra la melancólica luz de los atardeceres- sufrían ataques terribles de ternura, conceptual y metódica. Entonces era fácil verlos de puntillas evitando masacrar a las hormigas o extinguir los geranios. Expertos en hacer la ola a espaldas del corazón de los océanos, ellos, ellos, domesticaron el ardor, taponaron con eslóganes los cráteres humeantes, pusieron válvulas finísimas a la protesta, aceleraron el motor de la pubertad; apuñalaron el misterio con Comisiones de la Verdad, empalaron a los juristas, fundaron la oenegé del asco, ellos, ellos, los cerdos que degollé entre líneas, los cerdos, los bohemios de ojos glaucos que derramaron espejismos entre los barrotes de mi celda, los cerdos que doraron la concupiscencia de los diplomas y la diplomacia, los cerdos que cantaron engolados con radiofónica voz en mi funeral, los cerdos que reclamaron derecho de pernada en mis bodas con la eternidad, los cerdos que patrocinaron mi tristeza para ver el anuncio de mi desesperación, los cerdos, los cerdos, los cerdos, ciertos amigos, cerdos a los que degollé sin saberlo, hasta ahora que los he perdido y veo devorar los manzanos maduros que caen como galaxias rojas del árbol que alimenté con paciencia y con el resplandor de mis huesos.
(Del libro inédito “Exhumación del día”)
A DC UNO
Aparecida en antípodas extrañas: fue ese tu milagro, donde la poca fe mía, arrodillada,
bebía de su sombra.
Quince horas de luz cubrían, como un velo de Klimt, la estructura de la isla. Entonces, ni
la bruna espesura de mi pecho, ni el insomne resplandor, pudieron resistirse a tu
mirada: de ese modo renació mi mundo fenecido. Sin embargo, el corazón de la ciudad y
el laberinto de mi pecho no lo supieron hasta la hora de tu regreso a los jardines del
origen.
(Del libro inédito “Exhumación del día”)
A DC DOS
En el aire cargado de continentes fríos he reconocido una fracción de la existencia:
revelación que, inaceptada, de corazón en corazón cruza y desgarra:
Nada
detiene
la caída.
Estratocúmulos de recuerdos se manifiestan con desmesura y esplendor. Una pequeña
soledad puede adoptar la forma de una niña, de un ovillo contra la mano brutal de los
acechos. Un hombre triste lleva en su costado izquierdo el contenido fugaz de una nube
que de pronto disipa los instantes. Entre los dos, la maestría plúmbica, la escama
vertical del rayo de la vida.
La lluvia existe sólo como ejemplo. La muerte es su corona.
Toda resurrección es parte de este ciclo.
(Del libro inédito “Exhumación del día”)
A RAS DE CIELO
 He visto los grandes patrones de las ciudades y del campo: los circuitos de asfalto que se
entrecruzan, por donde fluyen los ríos de metal, la rugiente riada de los motores
avanzando hacia la nada; la cuadrícula verde, roja, ocre, amarilla, parda, intercalada de
tierras inservibles, terracería inútil, parcelas cosechadas o echadas a perder por la
sequía o las inundaciones.
Y me he sorprendido al ver la placa del progreso sobre la superficie del planeta; y he
pensado en la ebullición interna del planeta, en la ferocidad contenida del planeta, en la
memoria de las hecatombes del planeta, en el sereno menosprecio del planeta hacia las
multitudes que se suceden como retazos, hilos, grecas vibrantes, temblor de nervios,
pulsaciones que sustituyen a otras pulsaciones, nervios temblorosos, vibrantes grecas,
hilos, retazos de un tejido que a su vez será sustituido por otras multitudes
aparentemente eternas, hasta que tres toques en la puerta anuncian la llegada de la
muerte: la repentina picadura de un insecto o la entrada de Apófis en la órbita terrestre
son instrumentos igualmente eficaces en manos de la muerte.
No es que quiera hablar de catástrofes. No es que deba hablar de catástrofes. Es que, a
veces, la sensación de felicidad nos vuelve insensibles ante la desgracia. Es que el
universo se derrumba sobre sí mismo y lo ignoramos, mientras corremos en nuestros
autos por el asfalto de las arterias ciudadanas; mientras compramos y vendemos,
mientras conquistamos y usurpamos el corazón caliente de una época no muy disímil a
otras épocas pasadas y futuras, diferenciadas apenas por el carácter más o menos
sanguíneo de las multitudes, por el carácter más o menos flemático de las multitudes,
por un imperceptible cambio de tono en el diseño, por una desviación microscópica en
la secuencia con que se mezclan los hilos de la música, por la reclasificación de las
vibrantes grecas en naciones, en ordenes alfabéticos, en períodos culturales, en
cromatismos; diferenciados apenas por la manera en que ahora coloco los electrodos
para medir el terremoto de mis nervios; diferenciados apenas por la cantidad de
pulsaciones sobre la pátina del progreso que cubre la hirviente realidad de los temores,
el rugido agónico de la esperanza, el invisible patrón con que nos suicidamos
planetariamente, históricamente, inhumanamente, mientras compramos y vendemos,
mientras corremos en nuestras vidas blindadas hacia el deshuesadero de la muerte.
He visto los grandes patrones, el intrincado diseño en que la humanidad fluye a través
de las edades; y he sido un pájaro sobre un campo de batalla y he decidido seguir
volando.
(Del libro inédito “Exhumación del día”)
ADIÓS A TODO ESO
A Robert Graves,
a la ceniza acumulada durante cuatro décadas
Menos florida, sin olivos, sin blanco perfil de horizonte, sin la súbita luz del mar, sin mar, bogando los vacíos, he llegado al fin hasta la isla de mis sueños. Un continente mayor, oscuro, he dejado. El corazón, cortadas sus amarras, a la deriva en la implacable marea de los días y las noches. Esto que escribo no nace en mi costado: vacía la urna, en el pequeño navío de mi mano está el cadáver transparente del pasado.
Atravesando el ruido de la estática, llegan noticias de que estuve al frente pero nunca comprendí los delirantes campos de batalla, hasta ahora que las heridas me devuelven a la isla, a casa. Nada hay que corregir. Fue así. Para otros el peso de todas las medallas, para mí la paz. Has visto despojos colgando de las alambradas, pero has ignorado la lenta despedida. Un poco de comercio, un poco de arte, estirar con vigor el cable de la sangre: vanos intentos, vanos todos; tan sólo juvenil candor, anécdotas sabrosas alrededor del fuego.
Encima del sendero haré mi Ca n’Alluny. Dormiré junto al río Escamandro. Aquella que se acerca, ¿se vestirá de rojo, de púrpura o azul o de blanco purísimo?  Ratas roerán las cuerdas de mis arcos; más nada importará: la guerra habrá pasado, la vida habrá pasado. Sólo estará, y en paz al fin, el rústico anfiteatro. En lo más alto de la isla (a un lado de la iglesia), las páginas sin mancha, la silenciosa Albión, los más callados y respetuosos lectores que jamás habré tenido, dirán tan sólo dos palabras:
hubo poesía.
(Del libro inédito “Exhumación del día”)
SAMUEL TRIGUEROS
(Tegucigalpa, 7 de febrero de 1967)
 
Premio Lira de Oro Olimpia Varela y Varela 1987, en poesía por el libro Todo es amor tras esta nostalgia y en ensayo por Borges; Mención de Honor para Poetas Jóvenes 1990, Revista Mairena, Puerto Rico, por el libro Amoroso signo; Premio Único de Cuento Súbito 1991, por el cuento breve Sin una palabra, Centro Editorial, S.P.S.; Premio Víctor Hugo de Poesía 2003, por el libro Animal de ritos; finalista Premio Hibueras (Embajadas de Francia, España y Alemania en Honduras) de cuento 2006, por Una despedida; Premio de literatura infantil y juvenil  “Migraciones: Mirando al sur” 2009 (AECID-CCET) con el libro Me iré nunca; coautor del libro El trapecista de adobe y neón (narraciones, poesía e ilustraciones). Antologado en Panorama crítico del cuento en Honduras y La palabra iluminada, ambos de Helen Umaña; Papel de oficio, La hora siguiente y Versofónica, del colectivo Paíspoesible; Poetas de Honduras, de VPRO Radio CD Onbeperkt houdbaar; La minificción en Honduras, de Víctor Manuel Ramos; La herida en el sol, de la Universidad Autónoma de México (UNAM), entre otras publicaciones impresas y electrónicas. Ha participado en diversos festivales de poesía en América Central y el Caribe. Editor, actor y director de teatro. Se dedica a consultorías en temas educativos, y artísticos. Imparte talleres de literatura, plástica y teatro para niños y jóvenes especialmente. Ha escrito también guiones técnicos y literarios para teatro, radio y video (docu-ficción).
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