Desencadenar los libros

Por Martín Zúñiga

ImagenLa historia que sigue a continuación es totalmente verídica (y por ello, más dolorosa). Un día cualquiera, en un colegio público cualquiera (pasa en otros colegios también, pero con especial patetismo en los colegios administrados por el Estado) un niño o niña quiere leer un libro. Sabe que en su colegio existe (o debería existir) una biblioteca. Como a cualquier alma curiosa, le gusta leer libros, pasar sus páginas y llenarse de aventuras, una más sensacional que la anterior. Decide ir al mencionado salón que tiene en un cartel la palabra biblioteca, que está, para su sorpresa cerrada. Tiene un candado enorme en la puerta y una reja de fierro negro, como si de una prisión se tratara, delante de la puerta. Toca con insistencia, pero nadie responde. Como toda alma inquieta y curiosa, no se rinde. Y pregunta a su profesor cómo puede hacer para sacar un libro de la biblioteca para leer. El profesor no sabe darle razón a la primera, pero va y pregunta al especialista del curso de comunicación. Este se encoje de hombros y le dice que (aquí hay varias alternativas) a) no hay bibliotecario en el colegio, b) solo hay un profesor encargado pero que está en otras cosas de su curso principal en este momento, c) en realidad en la biblioteca del colegio no hay nada porque no está organizado y es solo un almacén de inmobiliario y de cajas cerradas llenas de libros que han sido donados a la institución pero que nunca han sido abiertas, o por último, y tal vez la más surrealistas de las respuesta, d) sí hay libros, biblioteca y bibliotecario, pero que los libros no se los prestan a los alumnos.

Nuestro pequeño protagonista no se amilana. A aprendido (tal vez en los libros que ya leyó) que no se puede rendir a la primera negativa. Así que busca al encargado de la biblioteca. Al final lo encuentra, durmiendo el sueño de los justos dentro de su feudo personal, que es en lo que ha convertido la biblioteca, donde todo está bajo llave, cerrado a cal y canto, pues (y esta es una de las explicaciones que más veces se escucha) “sino los alumnos malogran los libros, los ensucian, los rompen o los escriben”. El encargado o encargada de la biblioteca le dice, casi le ordena a gritos, a nuestro pequeño y valeroso protagonista que no le puede prestar un libro si no va acompañado de un profesor o de su padre. Al minuto regresa acompañado de un profesor, y por fin obtiene un libro que huele a nuevo, recién salido de la caja en donde ha estado meses, tal vez años, esperando por un lector ávido de aventuras y conocimiento.

Y como todo lector que se precie de serlo, devora el libro, repasa una y otra vez las páginas, y en el intersticio, cierto, las páginas se llenan de arrugas, de manchas, en fin, de vida. Por fin ese libro pudo tener vida. Cosa que al parecer no entiende una gran parte de los educadores del país, que creen que una biblioteca es un depósito cerrado de libros que nadie puede tocarlos, mirarlos, siquiera olerlos. Esto no pasaría, obvio, si los principales interesados, los padres de familia, monitorearan de cerca la educación de sus hijos y se dieran cuenta que tan importante como construir un edificio bonito y moderno para que allí estudien sus hijos, también deben pedir que este tenga contenidos: es decir, materiales, conocimiento, libros, y que sus hijos deben tener libre y total acceso a ellos, y no pasar por una aventura tan quijotesca para conseguir uno. 

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