Políticas públicas en cultura: ¿Qué y para qué?

Por Martín Zuñíga
La política pública es un marco de referencia común que determina una regulación colectiva para un sector que, a juicio del Estado, es importante. Las políticas públicas son entonces cruciales en cuanto constituyen un marco de referencia común para que un sector determinado, como la cultura, por ejemplo, sea posible y tenga incidencia en la sociedad. En la actualidad, el debate sobre el deber ser y los alcances de las políticas culturales ha llamado la atención de muchos sectores en diversas sociedades y grupos de interés. La Unesco, La AECID, la OEI, la OEA, el BM, el BID y un sinnúmero de países han llegado a considerar que sin políticas culturales no hay democracia ni desarrollo.
Y si bien las políticas públicas no resuelven los problemas, por lo menos crean el marco dentro del cual se hace posible la actuación. En el campo cultural, las políticas públicas son fundamentales porque a través de ellas se diseña una regulación colectiva que fortalece la creatividad, la democracia, la ciudadanía cultural, la diversidad de identidades y la equidad en la asignación de recursos y acciones públicas.
Como sostiene Victor Vich, un proyecto de política cultural debe articularse desde dos perspectivas y debe trabajar con ambas simultáneamente. Desde la primera definición, una política cultural debe concentrarse, sobre todo, en la transformación de los imaginarios sociales que fomentan prácticas autoritarias y excluyentes. Y, desde la segunda, toda política cultural debe esforzarse por promover una mayor circulación de bienes culturales y por ofrecer una intensa oferta en los espacios locales donde trabaja.
Finalmente, ¿y qué políticas? Necesitamos políticas que sean capaces de activar conjuntamente lo que proponen los territorios, las artes, las etnias y las raigambres con lo que ponen las redes, los flujos y los circuitos. Unas políticas culturales que sirvan para conservar, fomentar y cuidar lo cultural; para innovar, crear y potenciar su inserción en los procesos de educación y cohesión social; para fomentar la creatividad, la diversidad, la participación a través de fiestas, espacios públicos compartidos, exposiciones abiertas y espectáculos para todos los sectores sociales; para preservar la memoria. Y unas políticas culturales que no estén sujetas a los vaivenes de las culturas políticas ni a los caprichos de los gobernantes de turno. Si no, dejan de ser efectivas y eficientes en su finalidad que es la de transformar y contribuir al desarrollo de la sociedad.

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