Los caminos de ciertos insectos – Martín Zúñiga


 

Era la noche. Su nombre es una vasija en blanco, nieve y nubes cirros.

Cinco cucharones de palo golpean con su peso de pequeña cucaracha el aliento

verde que se levanta de entre la selva

desde su tronco reseco

desde la silla abandonada del otro lado del zaguán de un rey cavernario

y

de un rey visceral.

 

Es bastante tres terrones de azúcar vertidos en la orilla más lejana del mar

para devastar la perfección estética de este sistema.

 

El sistema son catedrales llenas de sal traída desde los andes

en las polleras de niñas recién destetadas

alrededor del sol.

Hay muchos pasos de tu puerta a la mía.

Dígitos grabados sobre el disco del teléfono cuyo secreto desconozco

alejándome de ti.

 

El primer paso tap el segundo tap el siguiente etc.

Sólo un librero romántico que ha engordado su baba entre las fugas de la escuela, los callejones oscuros detrás del templo llenos de aeropuertos artificiales y la casa mal iluminada de las señoritas del barrio, esposas de los cargadores y camioneros de la compañía de transporte estatal clausurada no hace mucho a causa de las huelgas constantes del sindicato puede hablar destos, digamos, tiernos vacíos de mujer.

 

Hablábamos a la salida de España de cosas difíciles y poco entendidas por nosotros mismos;

pero con el tiempo

ese animal tierno y furioso /sanguijuela

se cae en cuenta de que es la mejor forma de hablar, llenando de uno en uno  los escaques ­donde la belleza está proscrita a mirar desde el otro lado de lo que hacíamos

lo cual no quiere decir que no se nos filtrará casi de contrabando

por las rendijas de las palabras por la tapa mal cerrada de los lapiceros

mientras dedicábamos las horas de la madruga a masturbar lo que tuviésemos a mano y poder alcanzar el dormir, que es lo más importante. Hablábamos de la impuntualidad de los trenes de los domingos

que van de Oquendo a La Lorca sin paraderos intermedios. Cantando contra las rieles.

 

A mi manera yo también podría ser un rey.

No un rey lagarto es verdad.

Un rey de otro tipo.

Adornado de siete harinas y chicha y violeta de genciana y cambray.

Mi cucharón de palo devoraría todas las fiestas del mundo

con el hocico del Gran Piojo. No habría otra noche husmeando

el grito desesperado de las mujeres violadas entre la medianoche y las 4 de la madrugada y olvidadas en las cunetas de la carretera central cerca de un motel donde duermo cuando mis viajes de negocio me retienen de más en la capital. Arrojadas al desierto.

 

Tenía razón el rey con sus guantes rosados al decir que desierto es donde no hay nadie.

Nadie es la forma de decir que aunque estés, eso no importa.

Al llegar a México hay una res tan tierna que los perros amarillos,

domesticados por los jugadores de atari para ganar épicas querellas de piscinas mohosas para celuloide,

o entrenados para hacer cruzar calles y plazas a los ciegos

olvidados por la seguridad social;

jugando le devoraron la razón y la playa se hace lluvia de lagartos.

 

Por eso nos largamos al sur. Nos vestíamos con ropas de capitanes sin miedo.

Viajábamos sobre águilas expandiéndose en la corona de una flor

cuya ambrosia es la pelusa de los ombligos.

 

Dentro del ombligo se abre la ciudad llena de calles silenciosas

cada esquina es nuestro heraldo y guarda nuestros ojos que

clavan ramas de toronjil en los talones de las ánimas, balean a los niños en las manos.

 

Éramos la imagen de una mariposa negra en la joroba de una mula oteando la velocidad.

Nuestro escudo era un cucharón de palo chamuscado y los malos presagios.

 

Nuestro viaje conducía hacia el mar,

desde los negros andes, para anudar mudanzas de agua a la memoria.

 

Reyes cazando cabelleras esperando siempre, esperando el suceder del día

de mañana en los ojos de la doncella de limpieza

siempre amable y descuidada

dejando caer cada martes de tertulia y escaques el peso de su ahumado vientre

sobre nuestras yemas reclamando para sus ojos, cal.

 

Borrachos los reyes a cierta hora dicen las mujeres sólo traen problemas. Es increíble descubrir cuanto puede llorar un rey por una mujer que no se muere. Porque no se muere y porque no se muere por él. Y sé que no te parecerá extraño a pesar de como las horas tan blancas han enfriado la taza de café que me dejaste sobre el velador como quien dice te quiero que no hable de tu mirada roja de tu nariz de loto de tu seno aéreo. Hay una cantidad exacta de pasos desde tu puerta a la mía.


De: Cover

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s