La diosa – Roberto Echavarren

La diosa

Le parecía divisar, en cada esquina, a lo lejos, por calles que desembocaban en el estuario, un copo flotante de espuma blanca. Hasta que percibió el bulto. Alguien, Don Quién, caminaba en el mismo sentido que el vehículo. Captó primero la espalda: una cortina de pelo fuliginosa bajo el alumbrado. Cargaba una mochila negra. ¿Dónde terminaba la crin? ¿Dónde empezaba la mochila? La crin semoviente aminoró la marcha. El conductor frenó para avizorar el hocico entre las greñas. ¿Se trataba de una hembra? Imposible decirlo. El caminante torció en la esquina. El coche dobló tras él.

Desde la costa, parado en la arena, no despegaba la vista de su obsesión. Le imponía un perfume blanco, sugerido por el tufo del mar. La tusa suelta sobre la espalda se fundía, en la zona de los glúteos, con las calzas negras, remangadas a lo pescador. Ese “pescador” había hecho todo lo que tenía en su poder para convertirse en diosa. Entraba con tal confianza que hacía tambalear; sin género, a su juicio, era la propia diosa que se metía en el agua; concentraba una virtud que le venía de lo ambiguo. Esa fuerza ocultaba el rostro con una visera inescrutable, una cortinilla de cordoncillos o de dijes colgadizos, la veladura de una crin que le sirve de chal, los cabellos de caballo.

Su mente, incluso su recuerdo –
todo era blanco y liso – salvo
un Don Quién en el escenario del bosque.
¿Era exotismo? ¿Quién lo podía expresar?
El exotismo se había vuelto más exótico todavía.
Era un exotismo acarreado por él, no menos exótico.

Primero apareció dentro del lente todavía opaco el cabello
oscuro como la noche, liso, pegado al cráneo y partido con raya al medio.
Luego se abrieron paso los ojos,
aquel violáceo azul negro de alquitrán mojado.
El rostro era la traducción de la imagen perdida,
el lenguaje de otra realidad tercamente callada y serena,
ningún pensamiento había detrás de esa frente
que no se hallase en consonancia con todo su ser. O así le parecía.
Los dientes se conservan blancos, enteros, la pálida lengua
ya le hace una pavorosa señal.

Helos aquí en el aprontamiento de sus placeres, repentinamente confesados, con la urgencia de una catástrofe que sirve de ocasión y estímulo.

Surgió en el cielo, no el exterior de la tormenta, sino uno de él, o de ambos, un proyector, un faro: el haz subía y bajaba sobre las olas con efecto muy deseable, un sol diagonal caía desde el mástil, horadaba lo negro, descubría la sábana blanca de la espuma encima de un grumo de tirabuzones
gris pálido en hilera deslizándose con nerviosa rapidez.

Como el fetiche que en verdad era
el pelo volaba por su cuenta.
Tironeó de esas alas.
Se adueñaba de esa prótesis monstruosa, infibulada.
El injerto absurdo no guardaba ninguna relación de correspondencia
con su punto de apoyo, el cráneo.

Las manos de ambos, por un movimiento
de amistad creciente entre sus partes,
se tocaban sin querer.
Casi boca a boca respiraban;
el dueño de los cabellos lo sahumaba con su aliento.
Al borde de esa catarata cuya veneración lo tornaba grave,
se prometió que ésta sería la última vez que se despedía.

Ahora, al empezar el verano, centro y culminación de su empresa,
le apeteció compartir con el otro el mismo aire de mar,
un techo espacioso entregado de un solo golpe,
un pulmón de pronto ensanchado
y cómo tales cosas deben ser sentidas
entre los canteros de tunas y los laureles.

Capullos cabezones se apretujaban detrás de una verja,
rodaban sobre las baldosas,
eran pisoteados por los perros,
aumentando el sofoco, espesando el remezón del mormazo
su aroma mareaba, casi un castigo.

Recostaba la cabeza sobre las nalgas de la diosa.
Semi incorporóse para observar el nacimiento del pelo en la nuca.
Admiró un forúnculo en la base del cuello.
Detectó imperfecciones, manchas violetas que, en horas de la noche,
disimulaba la crema anti-acné.
Escudriñó el rostro lívido, triangular, de gato,
pálpebras de china atosigadas por la luz
que achataba esos ojos apretados como los de un minino durmiendo,
un minino recién parido y ciego.

Dio unos pasos tambaleantes.
Veía a lo lejos una sucesión de tornados brutales.
La música empezó una rumba ruidosa
y con ella un cariño de corto aliento pero loquísimo.
Sintió que sólo ahora iba a reanudar aquello
en el punto en que hace años lo interrumpiera tan vilmente.
Aquello de lo que uno deba arrepentirse sólo puede perdonárselo uno
a uno mismo. Pero antes de haber concluido la rumba ya se había
perdonado.

Se revolvían como peces luchadores unidos por la boca,
resbalaban pesados entre los baúles de la bohardilla
o caían a la intemperie sobre las baldosas.
Furiosas cabalgatas y cavatinas al azar de los programas.
Los pies de uno se enredaron en los cables de una lámpara de pie.
El tirón la arrancó del rincón donde estaba.
Al caer el bulbo se hizo añicos.
Quedaron en tinieblas, tanto dentro como fuera.
A cada giro y galope arriesgaban romperse la crisma.

La música aceleraba. Con el ejercicio, se les pasó el frío.
La percusión del dance los elevaba al trance,
atravesados de ardimiento, el castañeteo de un clinamen de fosfenos
los sacudía desde la base del tronco, desde el perineo.
No sabían dónde se encontraban salvo por colisiones intempestivas
que les recordaban ángulos y contornos del ambiente.
Quemaban energía que no sabían que encerraban.
La pura interioridad orgánica se volvió pura exterioridad.
El chisporroteo parpadeante no los dejaba ver.
Deslumbrante se orinaba una paloma.

Tras esa pared vibratoria, tras esa membrana derretida de caramelo detectó con la palma abierta, de un modo bruto, el corazón, el hígado. Metió un dedo en el ombligo, lo desbraguetó, demorando la paja. Levantó la cabeza ante la doble hilera de dientes blanquísimos mientras desataba, con la mano libre, el nudo de las chuzas: sintió el latigazo de la coleta mojada sobre la cola. Se arrodilló para succionarlo. Los pechos enhiestos del indio temblaban como atravesados por un tiento de cuero que los estirase, jalándolos cada vez más hacia el fuego, un baile del sol, hasta destrozarlos, destornillándole los pezones. Supuso que se abrasarían juntos como todo el resto.

El martillo de jade entra en la región del jade.
Golpea a izquierda y derecha, un luchador desordena las filas enemigas.
Con movimientos ascendentes y descendentes, de caballo salvaje,
corcovea, se hunde, se retira,
cambia la medida del ritmo
tal un gorrión que pica las sobras de arroz en un mortero.
Hace una pausa. La serpiente
se hunde en el hoyo para hibernar.
Al fin golpea tal un águila atrapa un conejo.
Se alza y se deja caer:
un velero cabeceando en la tormenta.
“Quero a mulher que existe em vocé.”
No es una mujer, claro. Es un cuerpo usado sin inhibiciones.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s