los atajos

tomar de la mano al niño que llevamos dentro y hacerlo andar por la ciudad es una manera un poco inapropiada de pasar una tarde de sábado. pero por sobre todo, riesgosa. de niño siempre tenía la costumbre de caminar mirando el piso y tratando de no pisar las líneas, y a veces me sale todavía ese niño aunque ahora ya no le encuentro sentido al juego, ni a ninguna de las otras formas en que pasaba el tiempo en aquel entonces. lo unico que sobrevivio un poco más que lo demás es el hecho de los ojos apretados. sentado contra la ventana del cuarto piso de mi casa a eso de las diez de la mañana luego de ver con insistencia la luz brillante que se filtraba por el cristal, cerraba de golpe mis ojos y me los apertaba con los puños hasta que una aureola primero color verde brillante y luego color lila, se formara. y trataba de ir más allá, de que esa forma tomará alguna otra más pero el aro morado era todo lo que había hasta que de pronto era como unos de esos viajes hiperespaciales de las guerras de las galaxias que entonces todavia yo no habia visto, y pekeñas luces se dirigian hacia mi como para golpearme pero pasaban a mi alrededor. esto me producia cierto vortice por lo que dejaba de apretar mis ojos mientras al aureola verde limon y turquesa continuaba un rato más en mis ojos. ahora veo a aquel niño y veo que simples sus juegos, y que complicados ahora.

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