El otro, el mismo.

Esta iba a ser una conversación tranquila sobre el hecho de que amar a veces duele. Sin aspavientos ni pasiones bajas. Ibamos a tratar de resolver el hecho de que ella estuviese comprometida, metida de cabeza en una relación y que a pesar de, nosotros, antiguos conocidos, amigos, ex novios y amantes, nos queriamos y pasabamos las noches juntos mientras que lejos, a lo lejos, a ella la llamaran y la esperaran. Esta iba a ser una simple charla entre viejos conocidos que se fuman un cigarrilo a media noche entre el frío de la plaza central, como en una película de los setenta, sin mucho espacio para la acción y el suspenso. Tal vez algo de drama, pero nada más. Nos gustaba imaginarnos como personajes ajenos de un lente artificial que siguiera nuestros pasos. Nuestra última teoría conjunta sobre las relaciones interpersonales nos llevo a la conclusión de que lo más sabroso, lo más suculento de una relación era el dolor. Pellizcarse de rato en rato para saber si no se estaba soñando. Y de pronto, ella que tanto leía no sé porqué razón, no sé porqué le gustaba tanto zambullirse en esos trastos llamados libros que no sirven para nada más que para perder el tiempo, abrió el libro que cuidaba sobre su regazo y me leyó algo así como: “ella, que tanto me quería, en honra a nuestro amor terminó conmigo y a los pocos meses se comprometió con un casi total desconocido, al menos más desconocido para ella que yo y se mudaron a vivir juntos, se casaron, fundaron una familia. Sólo quizá la ausencia de hijos por parte de ella -él ya tenía los suyos y ya bien creciditos- hacía de aquella fundación un acto largo y continuo. A los meses de todo el ritual nupcial me buscó y sin proponernoslo del todo me convirtió en su amante oficial, con títulos y honores. “Tanto es lo que te quiero”, me dijo hace unos días, “que te salve y así tu no eres el cornudo, sino el otro”. Si cupiese una cajita de fósforos dentro de ella misma, tal vez esta pequeña conversación sería un incendio.

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Un comentario en “El otro, el mismo.

  1. con algunas personas nunca puede ni será una conversación tranquila.
    yo ando en una etapa sen: adiós dolores.
    claro que mi instinto masoquista no quiere soltarme del todo, espero que tú, mi bienamado, tengas mejor suerte.

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