Las vidas del perro 2

Si cuento esta historia, alguien me creerá? Siento, como un personaje de Vila-Matas, que en mi vida tengo sólo una o dos historias, increibles por lo demás, y que con el tiempo he renunciado a una más por capricho ajeno que por yo querer.  Yo tenía un gato, una gata en realidad -odio los felinos para ser sincero, pero yo tenía una gata- que se sentaba, se repantigaba en mis rodillas cuando yo escuchaba en la sala de mi casa mis LPs. La señorita en las noches ronroneaba en mi ventana y no me dejaba dormir. A media noche arañaba mi puerta, y no me dejaba dormir. En las tardes, apenas llegaba yo del colegio se me trepaba, me abrazaba y no me dejaba hacer nada. Tomé la costumbre de postergar todos mis deberes por culpa de esa gata. No hacía las tareas de la escuela y salíamos a veces a pasear a lo que antes era un gran descampado cerca de mi casa y que ahora es la vía expresa. Hasta muy noche estabamos ahí y si llovía me invitaba a su casa. Era suave, delicada, gentil y celosa. Sus celos precipitaron todo. Y es que además era una competidora nata. Cuando trajeron esa perra a mi casa para que diera a luz porque su casa era muy pequeña y no iba a poder desembuchar en ningún sitio, comenzó todo. La perra rondaba a mi gata con curiosidad priemro y luego con verdadera furia. Mi gata siempre andaba por ello o trepada al tejado o cerca mío. Pero aquella tarde, cuando llegué del colegio y ella me esperaba en la puerta, la suerte quiso que la perra preñada fuese más rápida que mi gata celosa y la persiguió por calles y calles hasta que de un sólo mordisco le partió el hígado, los riñones, el diafragma, el corazón y parte de su estómago sin que yo pudiese hacer nada. Cuando los alcancé con mucho esfuerzo pude soltar el ya casi cadaver de mi gata compañera de las fauces de esa perra madre de familia. El último suspiro de mi gata lo dedicó a morder con toda su furia mi dedo anular, como cerrando un pacto. Ya dije que odio a los felinos, que no soportó esas compañías tan solitarias. Que desde entocnes no he vuelto a tener compañeros de casa o mascotas como la gente los llama. Enterré su cuerpecito frágil y limpio como un loto sobre el tejado de mi casa y comencé desde entonces la costumbre solitaria de caminar calles y calles sin rumbo fijo. Cuando nacieron los hijos de la perra les quemé los ojos y se los devolví, perra y todo, a su dueño. Cuando me robaron mi tornamesa y mis LPs el círculo se cerró.

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